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Dejar el cuerpo.

 Cuando nací lo hice en circunstancias quizá poco habituales. Desconozco la cantidad de personas que lo han hecho en condiciones parecidas.

La historia que mis padres cuentan, -mi mamá en realidad, a mi papá nunca le pregunté-  dice que asomé las partes de mi cuerpo mientras hacía una llamada de un teléfono público a muchos kilómetros de distancia de su casa. Quizá a eso se deba, entre otras cosas, mi fobia a usar los teléfonos como medio de contacto y también a mi constante deseo de no permanecer/pertenecer, de mudar, de ser la errancia o la errante,   aférrame en construir un pensamiento autónomo porque muchas formas de pensar producen en mí, dolor. Es la incompatibilidad con un mundo no apto para mí. Vivir migrando como mis padres me enseñaron.

Como aprendí con el tiempo, como descubrí después, es más productiva mi vida cuando no estoy. Quizá, esos viajes donde ‘la vida’ se arriesgaba; el deseo de un asiento para que mi cuerpo no tocara el de otras personas, para que otros cuerpos ni rozaran en mío.

La constante del deber estar sana para además de no costarle a nadie, ser parte de quienes “eran sanamente normales”, del deber ser ahí y no huir de todos los lugares que quise para entonces, allá.  Mientras escribo esto recuerdo el temblor inexistente en las manos de Camus mientras escribía El Mito de Sísifo. Esto es: dejar la rienda suelta para que se vaya o apretarla muy duro para no vivirlo. Experimentar en un cuerpo hueco, contener sustancias o exprimirlo. Expontanear con la carne, la piel, los poros, los centímetros que no se ven, los residuos que nadie toca.

 Como un bistec en forma líquida (falacia del hielo y el limón). 

-N




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